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La Bahía Despertó
Casi no había podido pegar un ojo en toda la noche. El
rugido feroz del mar me mantenía en vela; me hacía
girar sobre mí mismo una y otra vez. Cada tanto me
levantaba y salía al balcón en busca de un poco de
aire fresco que apaciguara mis ánimos; caminaba por la
terraza, contaba ovejas; leía partes de una novela en
inglés escrita por Olaf Stapledon. Sin embargo, por
más que lo deseara, todo intento de lograr
tranquilidad era en vano. La luna llena iluminaba una
gran franja del Pacífico, dejando a la vista
brillantes espumones de tamaño inestimable. La casa de
Gerry Lopez, en las arenas de Pipeline, era la tribuna
ideal para apreciar aquel espectáculo, proporcionado
en forma gratuita por las impredecibles fuerzas de la
naturaleza. Y yo estaba alquilando un cuarto allí,
sacando verdadero provecho a cada uno de los treinta
dólares que cada día entregaba, sin remordimiento
alguno al legendario dueño de la casa.
Desde el balcón veía las olas quebrar, una tras otra,
sin tregua. No había series, no había recesos,
simplemente bombeaba. Según algunos brasileros con los
cuales compartía el alojamiento- y esa noche una
opulenta cena con derecho a langosta y pez espada- la
mañana siguiente sería perfecta para hacer shopping en
Honolulu. Lopez, en cambio, con su sabia serenidad
proporcionada por décadas de interminables drops en
"The Bay", afirmaba que Waimea sería el lugar
indicado.
Mientras miraba el mar recordaba las palabras del
dueño de casa. También pensé en mi vieja, a quien aún
no le había comprado ningún regalo para mandarle por
Navidad y ya era 20 de Diciembre. Quizá los brasileros
tenían razón; el día en Honolulu brindaba la seguridad
de los shoppings mientras que la oscuridad se haría
cargo de la diversión con alguno de sus cabarutes,
famosos en el mundo entero por sus exóticas y
neumáticas bailarinas. Era consiente de que un
revolcón con la más potente stripper polinesia iría a
infringirme un daño mucho menor que un revolcón en
Waimea.
El miedo persistía. Ni la exagerada cantidad de tabaco
y marihuana, inhalada en temblorosas bocanadas, habían
logrado tranquilizarme. Sentía las piernas flojas, y,
- aunque la transpiración empapaba mi remera de
algodón agujereada por las voraces polillas que, a
pesar de mi ausencia, siguen habitando el placard de
mi casa paterna - por momentos el frío me hacía
estremecer en violentos temblores.
No tenía patrocinadores a quien rendir cuentas. No
había ningún uruguayo en el North Shore capaz de
encarar un mar como aquél, y por lo tanto no había
nadie con propiedad para juzgarme de cagón. Sin
embargo las personas nacen con conciencia, y ella,
cuando menos lo esperamos, se transforma en el peor
enemigo que podamos llegar a enfrentar.
Y era mi conciencia la que me hacía temblar,
recordándome que durante el mes y medio que llevaba en
las islas aún no había encarado ningún mar de verdad,
y que en definitiva para eso había ido. Para eso había
trabajado catorce meses como peón en una obra, y para
eso había dejado atrás a una novia, un gato
anaranjado, una bicicleta montaña, y muchos familiares
y amigos.
Mares de verdad les llamaba yo a esas olas de las
páginas centrales de las revistas, esas que, muchos
años atrás me habían dado la certeza de que era en
Hawaii donde encontraría mi verdad.
El primer día que vi quebrar Waimea fue un Sábado de
sol y viento de tierra. Un Sábado de Noviembre que
nunca voy a olvidar. Pasé la tarde sentado en el
parquecito que da de cara al pico. Entraban 20 pies
servidos con series de 25; unos paredones gigantescos
que venían fumando desde el horizonte hasta escupir un
labio demencial encima del arrecife. La mayoría de los
big riders le sacaron el polvo a sus mejores guns,
vararon el mortífero rompecocos del shore break y
remaron rumbo a la rompiente. Juro que los vi bajar
olas que nunca en la vida pensé que existieran; olas
capaces de desaparecer a un ser humano para siempre
sin recurrir a truco de magia alguno. Olas enormes,
tubulares, salvajes. Los mejores del mundo del mundo
estaban en el agua regocijándose el alma, tomaban en
la zona más crítica, apuntaban las tablas como flechas
hacia abajo y se despeñaban en bajadas ridículamente
verticales. Una vez en la base, armaban la virada con
la calma y la concentración de quien acomoda las
piezas para una partida de ajedrez, y trazaban curvas
amplias, hermosas, limpias, para regresar a las
alturas, volver a girar y dejarse ir nuevamente hacia
el abismo. Ese día el piso se me movió como nunca
antes y quise ser uno más de ellos. Deseé con toda mi
alma bajar una de esas masas de agua y palpar el
verdadero sentimiento, acercarme lo más posible a la
fuente misma. Porque es ahí donde se encuentra, es
precisamente en el volumen de agua que se desplaza en
esas olas donde vive el sentimiento más alto que puede
alcanzar aquel que apunta su vida hacia el mar. No
considero un buen surfista al que hace muchas
maniobras. Tomo el surf como algo diferente, casi
místico, que no vale la pena explicar. El que lo
siente como yo, lo entiende sin explicación alguna.
Pero aquél que está convencido que el surf es subirse
a una tabla y empezar a saltar, dar vueltas y hacer
piruetas, no podría comprenderlo ni aún ante la más
profunda y detallada exposición. Por eso odio a los
"Bodyboarders". Ellos sí son deportistas, atletas,
pero nunca surfers. Ellos y los surfistas maniobreros
definitivamente no nacieron para encarar Waimea.
Volví a la cama e intenté conciliar el sueño. No
llegué a dormir pero entré en una especie de duerme
vela que incrementó aún más mi nerviosismo. De golpe,
me incorporé en la cama sudando, con lágrimas en los
ojos y la imagen de mi propio cuerpo, tendido cuán
largo era, en una playa de arena gruesa y brillante, a
pocos metros de la orilla del mar, rabioso de espuma y
salitre. Una muchedumbre formaba un círculo a mi
alrededor, mirándome con pena algunos, con
comprensible asco otros - provocado por la enorme
cantidad de un líquido espeso y blanco que manaba de
mi boca - y con curiosidad o miedo los más. El sol
casi me cegaba y no podía distinguir los rostros de
las personas. Sin embargo, pude reconocer, entre la
multitud, a los dos brasileros de la cena, ambos
cargando enormes bolsos de papel marrón, llenos de
paquetes envueltos para regalo, en celofán con motivos
navideños. Por suerte era solo un sueño. Un sueño que
en pocas horas, podía pasar a ser una espantosa
realidad.
Aún aterrado por la visión, llagué a pensar en
regresar a Montevideo y pasar las fiestas con la
soñolienta tranquilidad que sólo la sidra familiar y
el pollo a las brasas son capaces de proporcionar. De
esa forma me evitaría el fracaso personal más
insoportable. Un fracaso que lo predije desde la
primera vez que vi una foto de The Bay. Era en blanco
y negro y tenía a Greg Noll, inmortalizado en pleno
ataque a una bestia hueca y cenicienta. Sus únicas
armas eran una gun clarita de tres vigas y unos huevos
de avestruz debajo de aquel ridículo shortcito a rayas
horizontales blancas y negras. En ese momento supe que
alguna vez iría hasta allá, pero....¿tendría el coraje
suficiente para remar lo que había remado ese gordo
demente? Hasta no estar allí y sentir la verdadera
presión, era imposible predecirlo.
Ahora estaba allí, y aunque suene a frase hecha, la
hora de la verdad había llegado. Podía regresar a
Montevideo tal como lo había pensado; seguramente
todos se pondrían contentos y hasta recibiría un
regalo de Papá Noel. Pero si bien podemos embaucar
virtualmente a todo el mundo, no podemos hacerlo con
nosotros mismos. Y menos con nuestra conciencia. A la
conciencia no se la puede engañar. O aceptaba que no
era capaz de encarar ese mar o simplemente le pasaba
la parafina a la tabla y lo encaraba. Eran las únicas
dos opciones válidas.
El amanecer me encontró intentando desayunar. Lo único
que pude ingresar a mi organismo fue una angustiante
cantidad de nicotina, alquitrán y humo de papel y
tabaco. Faltaban algunos minutos para las seis de la
mañana y el quinto cigarrillo del día colgaba de entre
la comisura de mis labios, mientras ataba mi Pat
Rawson de 9 pies en el techo del auto.
Los brasileros dormían a pierna suelta. A Gerry Lopez
lo había pasado a buscar un amigo, una hora antes, por
lo que supuse que ya estaría en el line-up. Frente a
mi balcón, Pipeline se asemejaba a un lavaropas en
plena etapa de centrifugado, con maremotos azules que
se mezclaban con el blanco inmaculado de los
espumones. El aire hawaiano, empapado de salitre y
yodo, penetraba en mis narinas para fundirse con la
adrenalina que solo los perros saben oler. Si alguno
de esos horribles animales se cruzaba en mi camino,
con seguridad me atacaría y mordería con el
ensañamiento y la adulona convicción de estarle
brindando un gran servicio a su amo, pues en esos
momentos mi cuerpo era una máquina de segregar dicho
fluído.
Encendí el motor y puse primera. El auto comenzó a
marchar y me sorprendí intentando mantener firmes las
manos en el volante. Por más que me esforzara, el
temblequeo era inevitable. Conduje por espacio de 20
minutos a una velocidad no superior a los veinte
kilómetros por hora hasta que llegué al
estacionamiento de Waimea Bay. Mientras desataba la
tabla del techo del Toyota Starlet alquilado, encontré
a Gerry Lopez. El Rey de Pipeline, con el pelo y la
tabla seca, observaba el océano sin demasiada
convicción. El mar había bajado y las series no
pasaban de 15 pies en la rompiente de Pinballs. Waimea
aun dormía.
Respiré aliviado y supe que aquél iba a ser mi día.
Muchos habían previsto un mar gigante y no habían
aparecido a chequear The Bay, por lo cual el crowd era
relativamente liviano. Apenas 20 personas dividían el
line-up, bañado por un sol hawaiiano que ya había
ahuyentado la espesa niebla del amanecer y se
preparaba para lucirse a pleno.
Gasté dos pastillas de Sex Wax de agua caliente sabor
naranja (el mismo con el que parafiné por primera vez
una tabla de surf propia, unos cuantos años atrás) en
el deck de mi Pat Rawson 8' 10", revisé el leash que
medía más de 12 pies y entré al mar, avancé remando
lento pero decidido. El shorebreak no estaba encendido
por lo que llegué al out-side con el pelo seco y el
alma ardiendo por la emoción. Me senté a esperar un
poco mas afuera que el crowd y permanecí así por
espacio de quince minutos. Algunas gaviotas volaban
encima de mi cabeza, planeando escrutadoramente por
momentos y zambulléndose en feroces ataques cuando los
peces bajaban la guardia. La gramilla del parquecito,
desde donde había visto bajar olas gigantescas aquel
magnífico sábado de Noviembre, había reverdecido a fin
de acompañar la belleza del cuadro. Los espacios entre
las rocas creaban piscinas azules cuyas formas
parecían diseñadas por una mano surrealista en una
noche particularmente sensible.
En el momento que volví a la realidad, miré hacia el
horizonte y la ví, desde allá adentro venía marchando
una serie cuyas fauces ya empezaban a escupir
asustadoras cantidades de spray. La decisión estaba
tomada, la primer serie se iría sin mi peso. Para la
segunda apliqué la misma política y observación, pues,
aunque el malhumor fuera el estado de ánimo de mi
anfitrión por lo pequeño del oleaje, juro que para mí,
estaba gigante. Una cosa es ver las fotos plasmadas en
una revista, otra muy diferente es sentirlo en
persona. Sentir el vaivén del mar, el movimiento de
tantas toneladas de agua, el poder del océano haciendo
bullir la sangre en torrentes por las venas.
Mas cerca del horizonte, tres personas esperaban por
algo que me preocupó. Se encontraban a unos cuarenta
metros del crowd, lo que me obligó a preguntarme qué
andarían haciendo tan lejos de los demás. Encontré una
sola explicación y empecé a remar lo más rápido que
pude hacia ellos.
Hasta el día de hoy, cada vez que me voy a dormir
agradezco a mi intuición por aquella remada. No habían
pasado ni diez minutos desde que me había juntado al
grupo de los tres alejados, cuando la verdadera serie
entró. Los cuatro remamos con todas nuestras fuerzas,
y logramos pasar tres olas que, sin exagerar, me
arriesgo a decir que superaban cómodamente los 20 pies
hawaiianos. Estaban a punto de romper y marchaban a
una velocidad increíble.
Antes de pasar la primera, miré hacia atrás. Los
rostros de horror que aún veo en mi cabeza cada vez
que recreo la escena, me hielan la sangre. Algunos se
deshicieron de la tabla, otros quedaron inmóviles,
aceptando un final contra el cual era imposible
luchar.
Una vez que pasé la serie, volví a mirar hacia atrás.
Lo único que ví fue agua revuelta, azul, mezclándose
en gigantescos borbotones de espuma que creaban
círculos crecientes a medida que perdían su coloración
blancuzca. No ví ni una tabla, ni un surfista. No vi
absolutamente nada mas que el océano. Solo allá, muy
lejos, se adivinaban las palmeras de la costa.
Intenté mantener la calma y en parte lo conseguí. Uno
de mis tres involuntarios salvadores - cuyo rostro,
arrugado y curtido por innumerables soles polinesios,
demostraba que su dueño sabía lo que estaba haciendo -
me miró y sonrió apenas con una mueca. Incliné la
cabeza en señal de saludo y empecé a meter brazo rumbo
al canal.
Mucho rato después alcancé la tibia seguridad de la
arena. Me saqué el leash, lo enrosqué entre las
quillas y enfilé hacia el estacionamiento con la
cabeza gacha, en claro reflejo de que ese día había
conocido la veradera humildad. Waimea me la había
presentado como a alguien quien nadie puede dejar de
conocer.
No me sentía frustrado, ni cobarde, ni nada. Me sentía
feliz por estar vivo. Por poder caminar por la arena y
por sentir la voz sonriente de Gerry Lopez, a punto de
entrar al agua diciéndome:
" The Bay woke up, boy."
Rolando Della Ola
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