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Las jóvenes y no tan
jóvenes de hoy tienen terror a engordar.
Están pendientes , la mayoría de cada gramo de más que notan en su
cintura, de las calorías de los alimentos, de la forma de su cola o
el tamaño de su busto, como si un estricto modelo de belleza se
impusiera sobre ellas estableciendo estrictas normas.
Aquellas adolescentes de todos los tiempos, de caderas anchas y
hombros caídos, se sienten acomplejadas , disimulan su cuerpo, no
van a las playas de moda y evitan mostrarse. En los años setenta se
puso de moda el pelo lacio. Las que tenían pelo ondulado sufrían
hasta las lágrimas luchando contra sus rizos, hasta llegar a
planchar el pelo. Otro furor de los setenta fue también las
minifaldas, frente a las cuales las petisas de piernas cortas y
anchas quedaron desconcertadas.
Para estar a la moda hay que ser delgada. Las cirugías estéticas,
las lipoaspiraciones y demás tratamientos agresivos se han puesto a
la orden del día.
Esto puede comprenderse dentro del fenómeno global , de una sociedad
que ha puesto su atención en forma obsesiva en el cuerpo dejando de
lado lo afectivo. Dietas, cirugías, tratamientos, gimnasios,
técnicas de respiración , se dirigen sin ningún reparo a cambiar ese
cuerpo sin advertir el ser humano que habita en el mismo.
En ninguna dieta se pregunta por la vocación, por las aspiraciones,
por la vida afectiva, por el modelo de familia, por las costumbres y
maneras ni por los objetivos de vida. La sociedad
hyperindustrializada se esmera en desarrollar métodos para que las
verduras, frutas y animales crezcan más rápido y grandes.
Sin embargo cuando estos alimentos van a parar a la gente se
pretende que detengan su proceso para no engordar al ser humano. |